Pyrenaica 304 (2026)
Pyrenaica 304
URDAIBAI SUBTERRÁNEA
2026
Editorial
Pérez, Fernando J.
La escena se repite casi cada fin de semana. Filas de coches ocupando los arcenes, aparcamientos desbordados, grupos numerosos avanzando por senderos convertidos en autopistas de montaña y cimas donde resulta difícil encontrar un rincón para contemplar el paisaje con tranquilidad. Quien ascienda un domingo al Gorbeia, Aizkorri, Anboto o Txindoki, por citar sólo las más populares, podría llegar a la conclusión de que las montañas vascas han dejado de ser ese refugio de tranquilidad que durante décadas buscaron generaciones de mendizales.
Y, en parte, tendría razón.
La pandemia marcó un antes y un después. Tras meses de confinamientos y restricciones, miles de personas descubrieron el placer de caminar por el monte. Aquella afición recuperada o recién descubierta llegó para quedarse. Hoy son más los excursionistas, más las carreras por montaña, más las publicaciones en redes sociales.
Sin embargo, afirmar que las montañas vascas están masificadas sería una simplificación injusta. Lo están algunas montañas, algunos senderos y a determinadas horas. Basta alejarse un poco de las rutas más conocidas para descubrir una realidad muy diferente. Porque mientras las multitudes buscan la fotografía de la cruz del Gorbeia o la silueta del Anboto para compartir en Instagram, centenares de cumbres permanecen en un discreto segundo plano. Montes modestos, y no por ello menos bellos, crestas poco transitadas y bosques y senderos olvidados. Lugares donde todavía es posible detenerse a escuchar el murmullo de un arroyo, el golpeo de un pájaro carpintero o el canto nervioso de un txantxangorri.
Incluso en los montes más saturados existen alternativas. Quien abandone las rutas habituales y se atreva a explorar antiguos caminos de pastores descubrirá que la soledad sigue siendo posible en Gorbeia o Aizkorri. Tal vez el inevitable baño de masas llegue en la cima, pero el viaje hasta ella puede seguir siendo una experiencia íntima.
El verdadero problema no es la presencia de más mendizales. Las montañas, afortunadamente, siguen siendo de todos. Lo preocupante es la tendencia creciente a consumir cumbres como quien colecciona cromos. Subir, fotografiar, publicar y marcharse. Sin tiempo para observar, aprender o comprender el territorio que se pisa. Por eso, desde Pyrenaica animamos a mirar más allá de los itinerarios de moda. A recuperar la curiosidad por esos caminos que amenazan con desaparecer bajo la maleza y el olvido. A reivindicar una forma de entender la montaña menos apresurada y más consciente.
Porque quien busca únicamente la cima encontrará gente. Quien busca la montaña, todavía encontrará silencio. Y en Euskal Herria sigue habiendo mucho más silencio del que algunos están dispuestos a creer.






