Pyrenaica 302 (2026)
Pyrenaica 302
Barranquismo en Zuberoa
2026
Editorial
Osoro, Iratxe
Es domingo. Me acerco a la ventana y me encuentro con la cima de Karakate, que parece en llamas. Hoy tenemos un amanecer precioso, y durante un rato he podido disfrutar de los regalos que nos ofrece la naturaleza.
En nuestra casa, ir al monte todos los domingos es una práctica que se ha transmitido de generación en generación. Hoy vamos de excursión a Erlo. Aunque sea una vez a la semana, conseguimos dejar atrás la carga que supone el día a día.
En cuanto nos llega el aroma del café hecho por mi madre, mi padre y yo nos acercamos a la cocina para desayunar toda la familia. Tras coger fuerzas, metemos todo lo necesario en la mochila. Para nosotros, el peso no es carga; es protección.
Mi padre me trae del trastero una vara de acebo hecha a mano, con una empuñadura en forma de nido de pájaro, y el cuerpo, el alma del bastón, es de madera. Apasionado amante de la naturaleza, se esfuerza por transmitir su pasión para que seamos conscientes de la importancia del medio ambiente.
Mientras mi madre está preparando esa tortilla de patatas que tanto nos gusta, sale a relucir el tema de los lugares para comer.
— ¿Qué tiene el albergue de Xoxote? Tiene un encanto especial, y para los de casa comer allí es un placer. Hemos comentado muchas veces que en determinados entornos la comida sabe mejor.
Nos fascina la sierra de Izarraitz. Allí predomina el color verde; los árboles empiezan a florecer y encontramos las primeras flores de San José del año, sugiriendo que la primavera está llamando a la puerta.
Al alejarme del ruido humano, la naturaleza despierta mi parte más salvaje y me permite respirar, por un momento, el viento de la libertad.
Tras un buen rato de caminar noto cierto cansancio y mi padre saca su truco de magia: un bastón imaginario.
— Agarra el palo, Iratxe. Yo tiraré. Así alcanzarás la cima con más facilidad. La tenemos enfrente y el buzón te espera. ¡Agárrate!
Me hace una ilusión increíble meter la tarjeta de cartón en el buzón. Es la vigésima cumbre de este año y el día de Morkaiko me la premiarán con una medalla.
Cuando estoy a punto de llegar a la cima, el ruido del despertador, inesperado, interrumpe mi sueño.
Son las cuatro de la mañana. Tengo la frontal preparada, mis amigos me esperan, y tenemos 45 kilómetros de recorrido por delante. Llevo toda la semana esperando este día.
Hoy, si la máquina del tiempo existiera para volver a vivir aquellos recuerdos de niña, volvería a mi infancia sin dudarlo.
Con el café en la mano, el sueño de hoy me ha dado mucho que pensar, y me he preguntado:
— ¿Soñará mi hijo con alguna vivencia de montaña dentro de treinta años?






